Sueño del aprendiz de brujo

Anoche, al fin dormido, soñé un mundo extraño,
colmado de armonía latiendo en mi caudal,
fantasía encendía su pulso pastoral,
y el tiempo galopaba montaraz y huraño.

Acababa de oír la excelsa Sinfonía,
pastoral sublime del titán Beethoven,
que en Fantasía alzó, con el mágico joven
Walt Disney, su aire de celeste melodía.

Quizá por ese influjo, mi sueño fue raro
y latía en mi pecho un júbilo musical:
claras flautas bordaban un soplo celestial
y el cielo se abría vasto, solemne y claro.

Crucé regiones altas, de éter encendido;
vi las nubes desfilar en fuga sideral;
la luna y el sol giraban en una espiral,
dorando el firmamento en ámbar derretido.

Yo viajaba en la luz, sin herida ni engaño,
con horas disueltas en un cauce sideral;
los planetas danzaban en ronda musical;
y el tiempo era avenida sin sombra ni daño.

Vi faunos ebrios de savia y de primavera,
centauros en prados de hierba y azucena,
espumas que guardaban cantos de sirena…
y lloré de embriaguez bajo la luz primera.

Ángeles y demonios cruzaban el dintel
del azul en vuelo solemne y encendido;
sátiros tañían su caramillo erguido
y Pan los conducía con flauta de oropel.

El cosmos era un vívido espejo sonoro,
que ardía con la sangre rítmica del día;
corría por mi piel cual torrente, en orgía
de luminosa luz y musical tesoro.

Descendí por campiñas de hierba ondulante;
seguí un río de nácar, cristalino y fugaz;
las fuentes rezaban con un susurro tenaz
y el aire era una flauta de soplo brillante.

El paisaje se mecía en clara armonía;
desde las rocas fluía cristal a la arena;
se escuchaban cantos sin sombra ni condena;
y el mundo era cítara viva que latía.

Fui por un sendero de trébol y rocío,
siguiendo ese río de nácar transparente
hasta una gran boca como un diente doliente,
una gruta abierta de aliento oscuro y frío.

Era una boca pétrea y muy traicionera,
abierta en la montaña como herida glacial;
me atrajo con hálito fétido y sepulcral
y un frío me cercó con garra prisionera.

La música se tornó latido sombrío,
el aire se espesó con un aliento mortal;
mi pecho se oprimía bajo un peso brutal,
y el gozo fue ceniza sobre un polvo frío.

Entré. Todo era sombra sin llama ni farol;
palpé la roca húmeda de subterráneo;
mi aliento sonaba profundo y casi insano,
y el miedo me mordía más hondo que un crisol.

Rasgué telarañas de seda polvorienta,
oí crujir los insectos bajo un eco espectral,
la música latía con pulso funeral
y mi valor temblaba en llama macilenta.

Noté reptar serpientes con seco cascabel;
la sombra emanaba salobre podredumbre;
cada paso me hundía en lóbrega penumbra,
erizando mi sangre con temblor en mi piel.

La cueva daba a una cámara encendida;
antorchas en los muros sangraban claridad;
la piedra devolvía rojiza eternidad
y otra estancia surgía en gradas esculpida.

Unían su altura cuatro gradas de piedra,
talladas de una forma bastante rústica;
de allí salía una claridad acústica
del caer agua en una pileta lastimera.

Cuatro escalones, esculpidos en la roca,
conducían hasta el ámbito silencioso,
donde un fuego lamía un caldero ominoso
con hervor rojo de latido que convoca.

Hallé mesa, camastro y una silla en quietud;
cubos formados como ejército dormido;
expectante fregona en círculo tendido
y un caño fabuloso vertiendo su inquietud.

El caldero bullía con furia hechicera,
el fuego lo ceñía con lengua candente;
y yo, fascinado, me sentí omnipotente,
soñando ser señor de la fuerza primera.

Servil, tomé la humilde escoba del becario,
barrí la roca húmeda con un polvo ancestral,
llené un cubo en la pila de cauce musical
y quise dominar lo arcano y visionario.

Probé con el cucharón el líquido hirviente,
ardió mi torpe lengua con súbito dolor,
lo lancé con un impulso ciego de pavor
y empapó la fregona y cayó al cubo, ardiente.

Al punto se agitaron con sed desmedida,
les brotaron brazos de impulso desatado,
la mopa tuvo piernas con paso dictado
y el agua comenzó su danza repetida.

Mil fregonas brotaron en rito sectario,
con sus brazos y manos alzadas con furor;
subían y bajaban la grada con clamor,
cargando agua a ritmo marcial y temerario.

Desfilaban en fila con ritmo obstinado,
con cubos llenos de agua del caño incansable,
que descargaban con rapidez admirable;
y el suelo fue espejo de caos desbordado.

En una música con un ritmo ostinato,
repetitivo, que le daba continuidad,
subían la escalera con gran velocidad
a recargar los cubos con mucho aparato.

Se multiplicaban con paso decidido,
cargaban el agua del grifo inagotable,
volcaban los cubos en un ritmo implacable
y el suelo se hundía en un caos sumergido.

El agua me cercaba con furia creciente,
las fregonas marchaban sin pausa ni razón,
yo casi me ahogaba en líquido con clamor
y el fuego moría bajo el agua insistente.

Grité angustiado entre la espuma y oleaje;
la música rugía con hierro y tempestad;
sentí que me tragaba la fría inmensidad
y el sueño era un naufragio sin puerto ni anclaje.

Fiero y severo, apareció el brujo en la entrada.
Su túnica era sombra de trueno y tormenta.
Y alzando su bastón con cólera violenta,
calmó la marea con ira concentrada.

Secó la inundación con gesto soberano;
las fregonas cayeron sin alma o latido;
me señaló la salida con dedo enfurecido;
su mirada ardía cual hierro sobre el llano.

Me observó humillante, muy furioso y divino;
me expulsó con dura voz; dictó mi humillación
con un gesto de encantamiento y de sumisión;
y en burro me tornó con rabo y cruel destino.

Me dio orejas y rabo de asno avergonzado;
soldó en mis manos unas mazas de herrería,
alzando ante mis ojos un yunque que ardía;
y ordenó mi castigo con un gesto airado.

Mazos se soldaron a mis manos con ardor;
un yunque suspendido ardía al rojo vivo;
debía golpearlo en pulso compulsivo:
clin, clon, marcando el trote de férreo tambor.

Clin, clon, como caballo de hierro y de sudor;
clin, clon, repetido mandato vengativo.
Con un martilleo cansado y fugitivo,
mi culpa era ese ritmo de bronce y de dolor.

Golpeé en el hierro candente suspendido:
clin, clon, como cascos al trote en la llanura;
clin, clon, repetición de culpa y desventura;
mi pecho era un tambor por el miedo vencido.

Mas cuando mi ánimo yacía derrotado,
apareció una luz brillante, inmaculada,
tocó con su vara mi frente castigada
y el yunque se hizo polvo bajo su dictado.

La luz surgida en la bruma era una dulce hada
con vara luminosa de azul fulgurante;
su gesto fue caricia de aurora brillante,
que alzó sobre el yunque con música sagrada.

La música cambió a un júbilo radiante;
un himno abrió el cielo con gloria desatada;
mi miedo fue ternura en gracia transformada
y desperté alegre, feliz y deslumbrante.

Aun resonaba en mí aquel himno floreciente,
explosión alegre, radiante y encendida,
que hizo de mi angustia memoria redimida
al despertar feliz, con el alba en la frente.

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