Querida,
un día yo te miré
y entonces sentí
lo que jamás sentiré.
Sentí,
que el corazón me ardía.
Sentí,
que la vida no es baldía.
Sentí,
que yo a ti te quería.
Sentí,
que ya nada nos separaría.
Tú me miraste
y la vista apartaste.
Yo te miré
y prendado quedé,
pues tal es tu hermosura
que no hay fruta madura
capaz de igualar
lo que de ti es amar.
Luego,
tú enrojeciste.
Luego,
yo te hablé.
Luego,
tú te fuiste.
Luego,
yo me marché.
Llevaba una rosa,
llevaba un clavel;
en mi pecho era roja;
en tu pecho un Edén.
Contigo pensé,
y tales cosas soñé,
que siempre sabré
lo que en sueños besé;
que era de amor hermosa,
más bella que una rosa
alegre y revoltosa.
Vino un día
y luego otro.
Caminábamos
y paseábamos,
juntas las manos,
juntos los pasos.
Luna entrambos,
amor de hermanos.
Pasó una semana
y después otra,
y, mirándonos,
llegó el amor,
y llegó el dolor;
uniéndonos
un calor que mana,
que surge del alma.
Luz dulce y sana
del árbol y palma.
Dulzura de ensueño
del amor más bello,
yo a ti te quiero
como mi mejor sueño.
Que nada empaña
lo que por ti siento;
que es como araña
que en el corazón siento.
Te adoro,
mi tesoro.
Te quiero,
amor primero.
Que no hay en el mundo dinero
que pague lo que yo te quiero.

