El tiempo, cual cuentas de un collar
que cuando rompe se dispersan,
se pierde sin poderlo arreglar,
porque algunas no se encontrarán.
Así son la edad y los recuerdos,
como cuentas de un collar roto
en la mente y sus recovecos,
igual que en un mundo remoto.
Hubo un tiempo en que me dolía,
que no deseaba mirar atrás,
y dentro del alma escondía
las sombras que dejaba detrás.
Un tiempo en que deseaba olvidar
recuerdos que pesan en vida,
glorias y penas de un caminar,
nostalgias que duran un día.
Recordar lo que se fue,
rememorando cada día
como un eco triste del por qué
aquí prosigo todavía.
Guardé cartas, promesas rotas,
sus miradas, sombras y nombres,
ecos de un ayer en sus notas,
falsa memoria de los hombres.
Intenté remendar el viento
y aprendí, en los días y noches,
que nada florece en lamento
y el olvido muere en reproches.
Pasar página no fue fácil.
Arranqué las raíces de mi alma,
olvidé hasta mi memoria ágil
y perdí certezas en calma.
Pasar página es una herida
que jamás se cierra al respirar,
es abrirle paso a la vida
sin temer a nuestro caminar.
Existen páginas que pesan
como hojas mojadas del ayer;
pensamientos que te atraviesan;
recuerdos que se niegan a caer.
Hay finales que te liberan,
otros duelen sin una razón,
mas son pérdidas que lideran
la vida hacia nueva dirección.
Y aunque en ocasiones mantiene
silencio opresivo de un adiós,
una esperanza me sostiene
y arrulla con el canto de un dios.
Pero llega un día en que el alma,
cansada de sufrir mi invierno,
abre una ventana de calma
y deja entrar un viento externo.
Porque el tiempo nunca regresa,
pero nos enseña a comprender
que en este florecer que apresa
duerme un ayer que debe absolver.
Se desprenden nombres que fueron,
las promesas sin raíz o cumplir,
los “para siempre” que marcharon
sin decir adiós ni resistir.
Pasar página no es olvidar,
es entender que el libro sigue,
que cada final abre un andar
donde la escritura prosigue.
Hay despedidas que son duende,
que se respiran en sosiego
cuando tu corazón entiende
que no todo merece apego.
Y, sin embargo, yo sigo en pie,
porque sale el sol y aún se atreve
a pintar de oro cada traspié
y regresar después que llueve.
Sigo viviendo, sin condenas,
sin los recuerdos que rechazar,
pues las páginas de mis penas
me han enseñado cómo volar.
El futuro sólo transforma;
torna cicatrices en mapa
que las lágrimas no conforma,
y esperanza que nos atrapa.
Así sigo, alegre y completo;
sin negar todo lo que dolió,
pero conociendo, en secreto,
que la vida todo lo abolió.
Y aunque el corazón tiemble un poco
al soltar lo que fue su abrigo
sabe que el futuro que invoco
me llegará como un amigo.
Porque sobrevivir es eso:
olvidar, sanar y proseguir,
hacer del pasado un proceso
y, del mañana, otro porvenir.

